Blog Bokobo

EL INNOMBRABLE

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(Apócrifo I)

   ¿Dónde ahora? ¿Y cuándo? ¿Y quién? Viejas preguntas que causan nuevas molestias. Como si un maldito vendaval siguiera lanzando contra mi cara el cabello alborotado... Éste podría ser el comienzo. ¿Pero acaso un hámster se molesta cuando por millonésima vez corre en su rueda? El hámster es un pequeño borrico, podría pensar alguien. Alguien. ¡Inmensas posibilidades! ¿Mahood? ¿Worm? ¿Esos parásitos otra vez? No, yo creo que deben de haber fallecido. Es decir, he debido matarlos. En algún lugar de los caminos que he andado, no muy lejos de los montes donde me he batido a pecho descubierto contra la vida… ¡Ja, ja! ¡A pecho descubierto! ¡Yo, que soy hombre de muñones, sultán de todas las invalideces físicas y mentales! ¡Y la vida! Realmente, me he levantado inspirado. Pero es preciso ordenar la pista de circo. Cierto es que no habrá un introductor que presente al artista polivalente. No habrá fanfarrias para mí. Y sobre todo, lo que no habrá es una red que me proteja de las caídas. Pero cuando uno insiste en dar saltos mortales vestido de gladiador, es razonable que, en vez de red salvadora, lo que espere abajo sea un león hambriento. No importa. Perduro como payaso y saltimbanqui. Debo de ser mayor, bastante mayor. No sé. En las tinieblas no hay escapatoria. No hay números blancos brillando en una pizarra oscura. Pero diría que tal vez tenga las manos manchadas de sangre. Recuerdo haber matado a Basilio, luego reencarnado en Mahood. En fin, digamos que Mahood ya no existe. Worm tampoco. Los he matado en alguno de los caminos o vertederos en los que hemos llegado a coincidir. En alguno de esos lugares selectos he tenido que echar mano al cuchillo. No. A la pistola. Y aquellos otros… ¿Qué fue de Murphy, Molloy, Malone…? ¿Malone murió? Creo que sí. O tal vez siga muriéndose. En la vida nunca se sabe. Pero el día llegará, lo presiento, en que yo también moriré. No sé bien cómo, pero habrá alguna excelsa misericordia que acabe por desmembrar los cartílagos de mi pensamiento. La muerte suena a música celestial. Hay arpas sonando. Y unos fuegos lejanos, inmensos, crepitan como grillos de colores y hacen brillante la noche eterna. No son los fuegos del infierno. Son las fogatas que hace Dios para calentarse las manos cuando sale de acampada. La gloria es un bosque, de leve oscuridad psicodélica, poblado de fantasmas. Ah, el omnipotente. A mí me hubiera bastado un cielo de andar por casa. Una pequeña subcontrata de ubicuidad. Suficiente para quien está solo y vio a los demás desertar de él. Pues sucedió que sin llagas me convertí en leproso. Desde entonces, mi voz es una alimaña que no calla. Nada que hacer contra ese reservorio de bla, bla, bla. Ya que si acaso muriera esa voz, su resurrección sería inmediata. En fin, ya me conozco. Bueno, conozco el inagotable yacimiento incrustado en algún lugar de mi existencia. No llamaré cerebro a ese lugar. Y menos ahora. Ahora es una palabra que nace y muere en la vitrina de su espejismo. Es en vano que yo diga: ahora iniciaré una nueva historia, pues siempre es la misma historia. Es decir, siempre es la historia de mis palabras: millares de veces volteadas, trampeadas, remedadas y usadas como el cuerpo de una pilingui. Es de allí, de mis sesos soberanos, de donde parten esos aludes que llamo palabras (y que en verdad son piedras de canto rodado) que artísticamente rebotan y parecen extinguirse (haciendo ondas concéntricas) en el mar de mi líquido cefalorraquídeo. Así, por ejemplo, la historia del asesinato de Mahood. Un crimen que cometí años atrás. O quizás fue la semana pasada. O ayer. Sí, fue ayer cuando maté a ese pelma. Todo empezó porque un vendaval me lanzaba a la cara, a modo de azotes, mis largos y grasientos cabellos... No lo dudé y, para calmar esa molestia, decidí matar a Mahood. Yo sabía que él tenía costumbre de transitar el camino que conduce a la nada. Por lo tanto, decidí esperarlo al final de la nada. Por suerte, pude ocultarme tras un arbusto que el buen Dios, o quizás Mahood, deseoso de morir, robaron de algún lugar verdadero. He oído decir que más allá de la carne y la vida existen la muerte y un cosmos hecho de pensamiento placentero. Debió de ser en algún horizonte de sucesos, en el evento paradigmático de algún agujero negro, de donde ese pobre diablo extrajo el arbusto. El caso es que Mahood llegó al final de la nada después de una travesía heroica a través de la blancura. Pero yo lo esperaba pacientemente sin dejar de contarme historias; entre ellas, la de Mahood llegando al final de la nada después de una travesía heroica través de la blancura. Y cuando el incauto se acercó al arbusto solitario, creyendo que ese vegetal era la señal que le indicaba la posibilidad de una ilusión, quizás de un espejismo con visos de esperanza (gentileza del espejero que hace espejos y no los vende), he aquí que yo salí del arbusto revólver en mano, no, cuchillo en mano, y mientras él, arrodillado en el suelo, rezaba con fervor a Alá, Dios, Shiva, Siddhartha, Greta Garbo, Lana Turner, Joan Crawford, Ava Gardner, Hare Krishna, My Sweet Lord oh oh oh, y no sé qué más retahíla de dioses y diosas de la Metro, he ahí que yo me abalancé sobre el indefenso Mahood y lo apuñalé con saña. Es decir, lo asesiné fríamente, sin motivos personales, no menos de trescientas veintinueve veces, tal como hubiera hecho Charles Bronson o Freddy Krueger con sus cuchillas criminales. Y de este modo, Mahood se fue a poblar un lejano rincón de la última galaxia, camino de la extinción definitiva de su pensamiento y su reciclaje en polvo cósmico. Fin. No se hable más. Por ahora.

Continuarà: (O no. Chi lo sa. Quién sabe lo que sucederá el próximo minuto, hora, día, mes, año, siglo, milenio, época, era, eón, defunción, purgatorio, infierno, cielo, no: nunca cielo, jamás cielo. Pues muchos son los llamados y pocos los que responden por un problema de sordera congénita asociado a la llamada divina…)

Brisa (Carlos Bouzá)

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